Corea del Sur se despide para siempre de la carne de perro
La ley que castigará con cárcel esta práctica entra en vigor en 2027. Mientras las nuevas generaciones celebran el cambio, los comerciantes históricos enfrentan la extinción de sus negocios.
Durante décadas, los días más sofocantes del verano surcoreano tenían una tradición inquebrantable: comer estofado de perro para recuperar la energía. Pero el escenario cambió drásticamente este año. Los callejones del famoso mercado Moran, en las afueras de Seúl, lucen semivacíos. Es la última temporada estival en la que esta práctica operará bajo cierta normalidad antes de que la prohibición total cierre un capítulo histórico y transforme definitivamente la relación del país con los animales.
Un cambio cultural empujado por las nuevas generaciones
La imagen de los restaurantes atiborrados de comensales en busca de su plato de bosintang (el tradicional estofado canino) es cosa del pasado. Los tres "boknal", conocidos como los días más calientes del calendario tradicional coreano, marcaron este año una despedida irremediable.
En enero de 2024, el Parlamento aprobó una ley que vuelve ilegal la cría, venta y sacrificio de perros para consumo humano. Esta legislación, empujada por defensores de los animales y figuras políticas clave como el expresidente Yoon Suk Yeol y la ex primera dama Kim Keon Hee, otorgó un periodo de gracia que vence en febrero de 2027. Tras esa fecha límite, quienes persistan en el negocio enfrentarán multas severas e incluso la cárcel.
Los números demuestran que la sociedad ya había dictado sentencia mucho antes de que la ley se publicara. Nueve de cada diez surcoreanos afirman que no planean volver a comer esta carne, y más del 80% apoya activamente la prohibición. Las mascotas le ganaron la batalla a una tradición centenaria.
La nostalgia de los mayores y el reto de sobrevivir
El golpe económico es contundente. La medida impacta a más de 5.600 establecimientos y granjas, la inmensa mayoría de las cuales ya bajaron sus cortinas definitivamente. Quienes aún resisten en lugares que alguna vez fueron el epicentro de este comercio, como el mercado Moran en Seongnam, intentan mantenerse a flote cambiando radicalmente su oferta. Hoy, el estofado de cabra negra se ha convertido en la tabla de salvación para retener a los pocos clientes que quedan.
Para comerciantes como Lee Kang-chun, un veterano con 37 años en el sector, la transición tiene un sabor amargo. Aunque entiende que Corea busca alinearse con la sensibilidad internacional y el respeto hacia los animales que exigen los jóvenes, resiente la falta de apoyo oficial para que los proveedores de mayor edad logren reinventarse. Le duele, confiesa, ver a clientes de 70 u 80 años que viajan largas distancias buscando el plato que los conecta con su juventud, solo para irse con las manos vacías y la resignación de que su época terminó.
Entender este tipo de transformaciones, aunque ocurran al otro lado del mundo, nos invita a reflexionar sobre nuestra propia relación con la comida y el entorno. Las tradiciones no son intocables; cambian cuando la empatía y la conciencia social evolucionan. Esta noticia es un recordatorio de que el bienestar animal tiene el poder de transformar leyes, economías y costumbres muy arraigadas. Cuestionar nuestros hábitos de consumo, leer las etiquetas de lo que compramos y exigir o apoyar prácticas más éticas en los comercios de nuestro barrio son decisiones diarias con las que tú también participas en este gran cambio global.