La IA no solamente está acelerando las máquinas, está acelerando la evolución social.
Saber delegar tareas a las máquinas marcará la frontera entre quienes dominan el nuevo mercado laboral y quienes se quedan atrapados en la obsolescencia.
La Revolución Industrial cambió nuestra relación con la fuerza física, la computadora cambió nuestra relación con el cálculo y la información, internet cambió nuestra relación con la comunicación, el smartphone cambió nuestra relación con el acceso, la inteligencia artificial puede cambiar nuestra relación con el conocimiento y la capacidad intelectual.
Durante miles de años la ventaja de una persona estuvo determinada, en buena medida, por lo que sabía hacer, ahora comienza a importar otra cosa, qué tan bien sabe trabajar con máquinas que saben hacer cosas, ahí puede aparecer una nueva división social, no necesariamente entre quienes tienen una computadora y quienes no, sino entre quienes saben dirigir la inteligencia artificial y quienes solamente la utilizan de manera superficial.
El verdadero riesgo no es que la IA quite todos los empleos, esta discusión suele plantearse de manera demasiado sencilla ¿La inteligencia artificial va a quitarnos nuestros trabajos? Pero mejor deberíamos plantear otra pregunta, ¿Qué partes de nuestros trabajos dejarán de necesitar humanos y qué nuevas tareas aparecerán?
El Foro Económico Mundial estima que para 2030 podrían crearse 170 millones de nuevos puestos de trabajo, mientras aproximadamente 92 millones podrían desplazarse, dando como resultado un crecimiento neto de alrededor de 78 millones de empleos, al mismo tiempo, estima que cerca de 39% de las habilidades actuales de los trabajadores podrían transformarse u quedar obsoletas entre 2025 y 2030, eso no significa que todos los empleos perdidos serán reemplazados automáticamente por empleos mejores, ahí está el verdadero peligro, que una persona que no tenga acceso a capacitación puede quedar atrapada en la parte perdedora de la transición.
El trabajador que sepa utilizar IA podría multiplicarse.
Imaginemos dos personas, las dos tienen una computadora, las dos tienen acceso a internet, las dos tienen inteligencia artificial, pero una sabe utilizarla para investigar, analizar información, automatizar procesos, programar, crear contenido, interpretar datos y tomar decisiones, la otra únicamente la utiliza para preguntarle cosas, la diferencia entre ambas puede ser enorme, la IA podría convertirse en una especie de multiplicador de capacidades.
Un diseñador podría producir más, un abogado podría analizar más documentos, un médico podría procesar más información, un empresario podría investigar mercados en menos tiempo, un programador podría construir software más rápidamente, un periodista podría investigar, comparar y organizar información con mayor velocidad, un estudiante podría tener acceso a un tutor personalizado, una pequeña empresa podría acceder a capacidades que antes solamente estaban al alcance de grandes corporaciones.
Microsoft, por ejemplo, reportó en su Work Trend Index 2025 que 82% de los líderes consultados consideraba ese momento decisivo para replantear estrategia y operaciones, mientras 81% esperaba integrar agentes de IA en su estrategia empresarial durante los siguientes 12 a 18 meses. La transformación ya no está en el laboratorio, está entrando a las empresas, pero existe una amenaza que podría ser todavía mayor, la brecha de inteligencia.
Durante años hablamos de la brecha digital, quienes tenían computadora contra quienes no, quienes tenían internet contra quienes no, ahora podemos estar entrando en una nueva etapa, la brecha de inteligencia artificial, puesto que la persona que sabe utilizar IA puede tener acceso a un multiplicador de productividad, versus la persona que no sabe utilizarla puede quedar progresivamente rezagada, esto puede producir una paradoja, la tecnología que tiene el potencial de democratizar el conocimiento también puede convertirse en una nueva fuente de desigualdad.
Quienes tienen mejor educación, mejor conectividad, mejores dispositivos y mayor capacidad de aprendizaje probablemente serán los primeros en aprovecharla, por eso el desafío no es simplemente llevar ChatGPT, Gemini, Copilot u otras herramientas a las escuelas, el desafío es enseñar a las personas a pensar con ellas sin dejar que piensen por ellas.
La IA también necesita energía.
Hay otra dimensión de esta revolución que pocas veces aparece en la conversación cotidiana, la inteligencia artificial necesita infraestructura, centros de datos, procesadores, agua para determinados sistemas de enfriamiento, redes, electricidad.
La Agencia Internacional de Energía estima que el consumo mundial de electricidad de los centros de datos podría aproximadamente duplicarse hasta alcanzar unos 945 TWh en 2030, mientras que el consumo de servidores acelerados, impulsado principalmente por IA, crecería alrededor de 30% anual en su escenario base. Eso significa que la revolución de la IA también será una revolución energética. Los países que tengan talento, pero no suficiente electricidad tendrán problemas, los que tengan electricidad pero no infraestructura digital también, los que tengan infraestructura pero no talento tampoco podrán aprovechar completamente la oportunidad, por esa razón la IA no es únicamente un asunto tecnológico, es un asunto económico, educativo, energético, laboral, geopolítico y social.